por eaglefly17 el Jue Jul 24, 2008 2:58 am
Bueno sigo aportando, ahí les dejo este articulo que me parecio muy interesante
Desde el aire se decide la guerra
En combates como los de la semana pasada en Puerto Inírida, los bombarderos de la Fuerza Aérea Colombiana resultaron determinantes a la hora de frenar la ofensiva guerrillera de las Farc. El corazón de este frente de batalla es la base de Palanquero, en el Magdalena Medio, la casa de los aviones caza. Estuvimos a bordo.
Una llamada alerta al Comando Aéreo Número 1, el más importante del país, sobre el ataque de la guerrilla de las Farc a Puerto Inírida, la capital del Guainía, en la frontera con Venezuela. El mismo mensaje llega a la base de Apiay. Los mejores pilotos de la Fuerza Aérea Colombiana (FAC) reciben la orden de ir a apoyar al Ejército y a la Armada.
Palanquero, en el Magdalena Medio, y Apiay, en las afueras de Villavicencio, son los epicentros de la estrategia aérea a la hora de enfrentar la actual ofensiva guerrillera. En esta ocasión bastaron los OV-10 Bronco para impedir que 400 guerrilleros ocuparan la población selvática de 30 mil habitantes, enclavada como una isla entre los cauces de los ríos Inírida y Guaviare.
No se requirió al único escuadrón de aviones supersónicos de Colombia que reposa las 24 horas del día en Palanquero, a la espera del despegue para la próxima misión. Cuando los bombarderos aparecen en la escena, las tropas de tierra, en medio del combate, respiran con tranquilidad porque el ataque desde el aire garantiza que la guerrilla retroceda y sufra mayores bajas. En el caso de Inírida, el crédito se los dio el propio ministro de Defensa, Jorge Alberto Uribe.
Fue la batalla de la que se enteró el país la semana pasada. Sin embargo, para entender por qué la guerra se puede ganar desde el aire, CROMOS acompañó durante dos días a los curtidos pilotos de la base de Palanquero, en Puerto Salgar (Cundinamarca), y fue testigo de una de las tres misiones de apoyo que, en promedio, cumplen cada semana.
El capitán Leonardo Ramírez es el comandante del escuadrón de Mirage y, como todos los aviadores de esta base -fundada en 1931-, no deja de mirar instintivamente el bombillo rojo que, en la sala de pilotos, anuncia una nueva misión. Cuando llegó por primera vez, por ser el más antiguo del grupo, tuvo la oportunidad de escoger su avión y se quedó con el francés. El Mirage fue el primero en llegar a Palanquero y la estrella en la década de los 80. Después llegaron los Kfir para lo años 90 y ahora una docena de ellos fueron modernizados para las necesidades de la guerra colombiana y exterior del siglo XXI.
Ramírez se emociona cuando describe cómo al bajar la nariz del caza, el mundo empieza a girar, las gravedades suben a siete y la presión que el piloto siente es de cinco veces su propio peso. La luz de alerta se enciende súbitamente. Esta vez el llamado es para una operación en otro pueblo selvático llamado Peñas Coloradas, en el pie de monte del departamento del Guaviare. Ramírez se dirige al avión, luciendo en el pecho el nombre de guerra que él mismo escogió: “Faraón”.
Se instala en la cabina donde apenas hay lugar para él. El paracaídas está sujeto a la silla y el equipo que lleva pesa siete kilos. Consiste en un chaleco de supervivencia que tiene lo necesario para subsistir en cualquier lugar después de una eyección. Si cae al agua, se activan los “patos”, unos flotadores que impedirán que se ahogue. Una bolsa con pintura especial servirá para marcar el lugar exacto donde cayó el piloto. Esta pintura es, a la vez, repelente de tiburones.
Lleva también linterna, puñaleta, malla para pescar, brújula, pito, espejo de señales y un kit de primeros auxilios. Para su seguridad el overol y los guantes son antifuego.
“Faraón” se los pone y ajusta el cinturón de la silla a su cuerpo, se acomoda el casco y la máscara de oxígeno que lo ayudará a respirar a 36.000 pies de altura (12.000 metros). Acelera a fondo mientras de la turbina del avión sale fuego y despega. La fuerza lo pega al asiento y, mientras asciende, su cuerpo resiste cinco veces la presión de su propio peso. Sube a 3.000 metros en 40 segundos. Repite la misma rutina de sus compañeros antes de inclinar el avión. "Hay que respirar y apretar el estómago, la presión es tan alta que por mucha experiencia que uno tenga, puede perder el sentido".
Para evitar que esto pase, usa el traje anti G, que lo ayuda a mantener la sangre en la parte superior del tronco gracias a unas bolsas que se inflan en las piernas. Los efectos de la gravedad se empiezan a sentir y la fuerza impide que se mueva, sólo sus dedos pueden accionar los comandos dispuestos en el control de mando del avión.
Mientras llega al lugar exacto, verifica por radio la información. En su cabeza se repiten las frases de la reunión de la mañana: "Si no están seguros, deben abortar la misión", porque el poder destructivo de un avión de estos es muy alto. El coronel Luis García acaba de llegar desde Tres Esquinas a dirigir la operación aérea y se cerciora de que sus hombres no cometan ningún error.
En plena operación sobre Peñas Coloradas, en medio del estallido de la velocidad, el Mirage descarga la munición. Las ráfagas de balas levantan polvo en la tierra, pero su sonido se confunde con el de los motores. Lo peor que puede sentir un piloto es dispararle a su propia gente y por eso tratan de verificar la información de inteligencia. "Desde tierra nos hablan por radio y en medio del fragor del combate logramos poner el armamento donde ellos lo necesitan", dice el mayor Guillermo Olaya, piloto de Kfir.
Usan armamento, misiles y bombas inteligentes que mejoran las condiciones de estos aviones. Primero aprenden a manejar la máquina, después el arma de combate que, con sus sistemas electrónicos, hace que los ataques sean más precisos.
POR CULPA DE LA GUERRILLA, DESDE 1997 LOS PILOTOS SE ACOSTUMBRARON A QUE EL 80% DE LAS OPERACIONES SEAN NOCTURNAS.
Los sobrevuelos logran que termine el asalto al pueblo. Ninguno sabe a cuántos hombres pudo salvar ese día. El mayor Olaya es el único que ha tenido la oportunidad de conocer a uno de ellos. "Una vez, durante una Navidad, una mujer me abrazó y me dijo: “Gracias a usted mi esposo está vivo, aquí conmigo”. “Se me hizo un nudo en la garganta. Estas cosas lo llenan mucho a uno". Y a esa sensación se aferran cuando están en el aire. En tierra, la tropa grita de júbilo y el Mirage vuelve a su casa: Palanquero.
La base es un terreno de 1.400 hectáreas escogido estratégicamente en el centro del país y protegido por dos cordilleras, un lugar al que muy pocos tienen acceso. Allí llega la información de todos los combates que se están realizando en cualquier parte de Colombia y desde allí se ordenan las acciones, incluyendo un hipotético ataque aéreo en un conflicto internacional. Veinte minutos se demora uno de estos aviones en llegar desde la base a la frontera con Venezuela.
Aquí 22 pilotos se preparan para esta guerra en aviones supersónicos, 11 de ellos para los 9 Mirage y 11 para los 11 Kfir. Otros 89 hacen escuela en los T-37 y en otros aviones donde entrenan antes de volar los de combate. Se sienten afortunados de haber sido elegidos entre 4.000 que se presentan a la escuela cada año.
De ellos sólo 180 cumplieron los requisitos. Al final de cuatro años de academia se gradúan 60 oficiales, sólo 40 serán pilotos. Pero este grupo se reduce a 15 que volarán otros aviones de combate como el A-37, el OV-10 y el Tucano, entre otros. De ellos, cada año, sólo uno o dos pasarán a Palanquero a pilotear los Mirage y Kfir, el sueño de toda una generación.
Los hombres que parecen a toda prueba, los que permanecen horas en la rampa a 40 grados centígrados antes de despegar y no se asustan por las emergencias de sus aviones. Deben estudiar todo el tiempo, realizar operaciones de día y de noche y conocer las situaciones de orden público. "Ese fue mi sueño desde que era niño y veía despegar los aviones del aeropuerto. Trabajé toda mi vida para esto", la frase del capitán Ramírez, bien podría ser la de cualquiera de sus compañeros.
Saben que sólo estas naves pueden llegar más lejos, más rápido y de manera más efectiva a la hora de una ofensiva guerrillera. Saben que el poder aéreo puede definir la guerra. Y saben que el cuerpo humano no fue hecho para volar y, por lo tanto, admiten que son profesionales muy frágiles. Su carrera, tan corta como la de un futbolista, acaba a los 35 años, el límite de edad para poder volar aviones de combate.
Usan gafas para evitar el terigio que se favorece con el sol y el oxígeno. Pero no pueden prevenir otros males como los problemas vasculares, los problemas de columna, problemas de audición y las hernias; las más comunes porque deben hacer fuerza con el estómago para contrarrestar la presión.
Pero eso no es todo, los pilotos de combate envejecen más por el estrés, una hora de vuelo nocturna hace que esfuercen tanto los sentidos que el desgaste es el equivalente a 2,3 horas de trabajo diurno. Por eso no pueden volar de noche salvo que hayan descansado al menos seis horas.
Son casi las once de la noche y “Faraón” vuela de regreso. Lleva visores nocturnos para poder ver en la oscuridad y bengalas para orientarse o en caso de un aterrizaje de emergencia. El 80% de los vuelos de los aviones de combate se hacen durante la noche, esto hace la diferencia.
La guerrilla los obligó a adaptarse a las nuevas condiciones de la lucha cuando empezó a atacar en la noche, por eso empezaron sus operaciones nocturnas desde 1997. Esto los convirtió en líderes en Suramérica, donde ningún país tiene esta experiencia de guerra.
Para que estos hombres den el 100% de su capacidad se entrenan constantemente, se someten a exámenes físicos y deporte obligatorio dos veces por semana. Tienen una fortaleza en brazos, piernas y cuello para enfrentarse a las fuerzas G, sólo comparable a la de los pilotos de la Fórmula 1. Anualmente son sometidos a exámenes médicos generales y cada cinco años a entrenamiento en cámaras de altura.
La extenuante misión de “Faraón” duró una hora, pero ya está de nuevo en la base. Ayer pudo ser Puerto Inírida, hoy fue Peñas Coloradas, mañana no sabe.
LA CARRERA DE UN PILOTO DE CAZA ES TAN CORTA COMO LA DE UN FUTBOLISTA, ACABA A LOS 35 AÑOS, EL LÍMITE DE EDAD PARA PODER VOLAR AVIONES DE COMBATE
Tomado de la Revista Cromos Número 4541 - Cristina Callejas,
" SI QUIERES LA PAZ PREPARATE PARA LA GUERRA"